Abinader elige un presidente de la Suprema sin amigos cercanos
El Consejo Nacional de la Magistratura eligió a Justiniano como nuevo presidente de la Suprema Corte. Abinader tuvo la opción de poner a alguien cercano y no lo hizo. ¿Fue inteligente o imprudente?

Hay una pregunta que todo gobierno dominicano ha respondido mal, tarde o a los golpes: ¿quién debe presidir la Suprema Corte de Justicia, un aliado o un juez de carrera? El presidente Luis Abinader acaba de responderla, y su respuesta merece que la analicemos sin aplausos automáticos ni condenas anticipadas.
El Consejo Nacional de la Magistratura eligió a Justiniano como nuevo presidente de la Suprema Corte. Según recoge el análisis que sirve de base a esta columna, Abinader tenía sobre la mesa una opción distinta: designar a alguien con raíces cercanas a él, a su familia, a su círculo de confianza. No lo hizo. Optó por un perfil que viene de la carrera judicial, alguien de quien el Ejecutivo, en teoría, no tiene garantías. Eso, en este país, no es lo normal.
La tentación que Abinader resistió
En República Dominicana, la regla no escrita ha sido siempre la misma: cuando te toca nombrar, nombras a los tuyos. No porque sean malvados los que lo hacen, sino porque el sistema de justicia ha sido históricamente una ficha más del tablero político. El Ministerio Público, los jueces clave, la Suprema misma: piezas en un juego donde el que gobierna necesita tener la espalda cubierta.
Abinader resistió esa tentación. O al menos eso parece. Y la pregunta es por qué. La lectura más generosa es que el presidente considera que su gestión ha sido lo suficientemente sólida como para no necesitar a la justicia como escudo. Que puede darse el lujo de apostar por la institucionalidad. Esa es una postura que, si es genuina, merece reconocimiento. Si es cálculo político disfrazado de virtud, también es inteligente.
El fantasma de Danilo Medina y Luis Henry Molina
Pero aquí viene el dato que no se puede ignorar. Luis Henry Molina, el presidente saliente de la Suprema Corte, fue una designación del expresidente Danilo Medina. Y Molina, según el análisis que circula sobre este nombramiento, le salió "muy mal agradecido" no solo a Medina en lo personal, sino al PLD en su conjunto. Cuando llegó el momento de la verdad, el hombre puesto por el partido no respondió como el partido esperaba.
Ese antecedente lo cambia todo. Porque demuestra que poner a "los tuyos" tampoco es garantía de nada. Un juez con toga y poder propio puede decidir, en cualquier momento, que su legado vale más que su lealtad. Y en ese instante, el presidente que lo nombró queda expuesto al mismo sistema que creyó controlar.
La apuesta arriesgada que igual podría ser la más sensata
Entonces llegamos al meollo. Si poner a un amigo no te asegura lealtad, y poner a un institucional te genera incertidumbre desde el día uno, ¿cuál es realmente la apuesta más inteligente?
La respuesta incómoda es esta: un juez de carrera que llega al cargo por mérito tiene algo que un designado político no tiene, que es legitimidad propia. No te debe nada, pero tampoco tiene deuda con nadie más. Su brújula, al menos en teoría, apunta hacia la institución, no hacia quien lo nombró. Eso puede ser un problema para el gobierno de turno en casos concretos. Pero para el país, es exactamente lo que necesitamos.
La pregunta que todos evitan
¿Es mejor poner amigos o institucionales en posiciones de trascendencia nacional? Esa pregunta, formulada abiertamente en el análisis que originó este texto, es la más honesta que se puede hacer sobre el poder judicial dominicano.
La respuesta debería ser obvia. Pero en un país donde el sistema de justicia ha servido más para perseguir enemigos políticos que para impartir justicia, la obviedad no siempre gana.
Lo que sigue ahora es observar. Justiniano llega con la legitimidad de un proceso que, al menos en apariencia, priorizó el perfil sobre la lealtad. Si esa apariencia se convierte en realidad, Abinader habrá hecho algo que pocos presidentes dominicanos pueden decir que hicieron: poner al país por encima de la conveniencia.
Si no, habremos aprendido, una vez más, que en este juego nadie escapa ileso.




